18 de octubre de 2013

LA CULPA NO ES DEL MARRANO




Mi compadre,  colaborador medio retirado de este blog, se autodefine en su tarjeta de presentación como historiador y subversivo.  Enseña y estudia. Siempre dispuesto a ir a las discusiones de fondo. Participante POLÍTICO informado y honesto.

Una excepción.

El panorama de cara a las próximas elecciones es muy distinto y devastador si queremos sobre todo entender lo que está pasando y mejorar. Discutir sobre política hoy día -que los lugares comunes, los facilismos y los intereses personales o de clase corroen el modelo- es derechamente imposible. Estaremos todos de acuerdo en que, para vencer en una elección no se necesita representar ideas y principios coherentes y exponerlos honestamente. Menos aún formar parte de un grupo que sea capaz de llevarlos a la práctica. Se necesita ángel: ser capaz de generar sentimientos positivos en los electores. Así como vamos en las próximas presidenciales (de no haber asamblea constituyente, deberían ser el 2017) no tendremos nueve sino doce candidatos. Y todos independientes, ningún político sino sólo personajes carismáticos de la TV que reniegan de la política, del pasado reciente y remoto y pretenden vender (acá lo más asombroso) lo que el elector quiere.  “Lo que Usted señor que me está viendo necesita” Cualquier cosa, aquello con lo que consiga que Usted mueva el potito y vaya a votar el día de la elección.

Los partidos políticos han renunciado a una obligación moralmente ineludible que es ser fieles a sus marcos teóricos y valores y sostenerlos a sabiendas de que no todos van a comulgar con ellos. Peor aún, han formado alianzas en las que derechamente no existe afinidad posible de ideas básicas. Y lo más bajo: ponen a disposición de nuestro lápiz grafito en la sagrada cédula electoral no a los mejores sino a los más amorosos.

Y todos nosotros hemos renunciado a nuestro deber de informarnos en serio sobre lo que está en juego, que rol juega el Estado, las libertades, los derechos, los sistemas de gobierno y sus posibilidades, las políticas públicas y sus variantes, el PIB, el índice de Gini, las relaciones laborales, ¡en fin!

Dele una vuelta y reconozca que no sabe nada o sabe muy poco sobre la cara bonita por la que piensa votar. Asuma además que lo poco que de su candidato conoce, en realidad no se lo cree (por ejemplo, a seis o siete de los candidatos a Presidente de la República, pese a que lo afirman, Usted no les cree que ELLOS MISMOS estén convencidos de lo que hacen y que se encuentren en condiciones de ganar)

Le propongo que nos muramos de la risa con la franja electoral este año. Ya no hay nada que hacer.

Pero para la próxima, sería bueno que nos tomáramos un poco más en serio nuestro destino considerando que la culpa no es del chancho.




Roberto Rabi

10 de julio de 2013

EL ABORTO EN LOS TIEMPOS DEL TWITTER.




Habitualmente cuando ocurren desgracias que afectan a la vida, salud o propiedad de las personas en nuestro país, escuchamos el clamor popular, canalizado a través de diversos medios, (entre los cuales las redes sociales van cobrando creciente protagonismo) reclamando el enjaulamiento de los culpables. Lo ocurrido con Belén, la menor de once años embarazada como consecuencia de mantener relaciones sexuales con su padrastro, quién resulta evidentemente culpable del delito denominado doctrinariamente “violación impropia” previsto y sancionado en el artículo 362 del Código Penal,  ha dado lugar a un escenario diferente, en que más que centrarse en el reclamo de castigo al culpable (el cual aparentemente se asume como realizado, encontrándose el imputado en prisión preventiva)  las voces se han alzado reclamando una legislación penal de excepción que se haga cargo se situaciones como esta.

Lo anterior a mi juicio es un error por diversas razones. La primera de ellas es en mi opinión la más importante, consistente en asumir que la prioridad es modificar la legislación penal vigente. Muy rara vez la solución a los problemas de convivencia (sana o insana) se encuentra en los códigos punitivos  y habitualmente es el primer recurso al que se echa mano. Centrémonos en el caso de excepción que nos convoca: La legislación penal actual supone que a la joven no se le podría sancionar por causar su aborto (evidente, es penalmente inimputable por ser menor de catorce años) y quienes lo causaran o participaran en él (si ella o sus parientes directos así lo solicitaran, cuestión que ya nos saca de la situación excepcional que se nos presenta) en general estarían exentos de responsabilidad penal sea por cuestiones de falta de antijuridicidad o de culpabilidad. Si se argumentara que la conducta es penalmente reprochable de todos modos, las salidas alternativas, o beneficios alternativos al cumplimiento de penas privativas de libertad que en este caso, dada situación, serían de una extensión mínima, terminarían, insisto, sólo si somos bastante talibanes con la apreciación de la estructura del delito, con castigos meramente simbólicos. Terminamos, en definitiva, perdidos en una marañana de árboles que no nos dejan ver el bosque.

Creo que el segundo gran error en que se está incurriendo es pretender que sea prioridad que la legislación penal se haga cargo de una situación excepcional excepcionalísima. Cada vez que así se ha hecho se han incorporado fragmentos inconexos e ilógicos de normativa que resultan siendo absolutamente asistemáticos.

En definitiva lo que NO se está haciendo es hacerse cargo del problema normativo de mayor alcance y relevancia. Imagine que simplemente el Código Penal no sancionara el aborto. Si Belén optara por él ¿existe un logar seguro donde pudiese practicarlo? ¿Profesionales idóneos? 

Usted, que defiende la vida del que está por nacer desde la concepción  (Así como Usted que plantea que abortar es un derecho de la mujer, mientras se trate de su cuerpo, y que en este caso lleva las de perder con la institucionalidad vigente) No permita que el debate los lleve al moribundo Código que Sí merece una muerte digna siendo remplazado por uno coherente y digno de la sociedad moderna que somos. Lleven el debate donde corresponde, a las grandes definiciones, a la Constitución, a las políticas públicas, a la normativa sanitaria.

Sólo cuando estemos de acuerdo sobre, ello, o estando en desacuerdo hayamos consagrado una normativa coherente sobre nuestras obligaciones y derechos,  vamos a la legislación, que supone ser siempre la última razón, sobre quién es encarcelado y quién no, por no acatar lo establecido en tales grandes definiciones.

Mientras, discutamos en serio, no sobre la excepción, no sobre el conmovedor caso que no debería ser el fundamento central de una política pública legítima y eficiente, sino sobre serios cuestionamientos a nuestro estatus cultural, convivencia, educación y atención a los más débiles.



Roberto Rabi



PS. Les dejo, por otra parte, un cuento que escribí en otra oportunidad, inspirado en un debate arduo, pero necesario. Insisto, ficción pura.



11 de abril de 2013

EDUCACIÓN DE CALIDAD CONTRA EL POPULISMO PENAL



 Hoy, para la mayoría de los seres humanos en nuestro país la preferente, sino única, solución frente a los conflictos de toda naturaleza es identificar un culpable –o de preferencia muchos- y castigarlo privándolo de su libertad, teniendo expectativas de que aplicando de manera masiva esa lógica disminuirán los atentados contra la vida, la libertad e indemnidad sexual, la salud individual y colectiva, la propiedad (seamos claros, principalmente la propiedad) la probidad de la función pública, etc. y lo anterior, (esto para mi es lo más grosero) sin atender a la falta de ratificación histórica y confirmación científica de tales postulados y (me retracto, lo peor es esto) a la nitidez de la experiencia que nos indica todo lo contrario. 

 No hablamos de prevención general ni especial, ni en los colegios, ni en la prensa (en algunos casos ni siquiera con suficiente atención en las clases de Derecho Penal) No se han generado debates amplios reflexivos con la debida difusión sobre la débil justificación de la cárcel, sus alternativas, consecuencias y, sobre todo, sobre la duración de las penas privativas de libertad en función de la afectación a los objetos de protección. Sólo se rasgan vestiduras porque la “cana” no se aplica, porque las penas son demasiado bajas, porque no se usa la prisión preventiva como castigo anticipado, en fin. Seamos sinceros, lo que las masas quieren no es solucionar conflictos ni prevenirlos: es canalizar la violencia estatal hacia “los delincuentes” sin siquiera armarse de la perfecta lógica kantiana que así lo plantea para defender la idea de retribución pura y dura. No queremos terminar con los robos, queremos ver ladrones sufriendo en la cárcel. No queremos seriamente terminar con las violaciones u otros atentados sexuales, queremos ver a los delincuentes sexuales abusados por otros presos dentro de los recintos carcelarios (¡Sin duda ese sería el "reality show" que todos querrían ver!)

 A mi juicio, el problema de fondo precisamente es la escasa formación en los colegios sobre respeto al otro, falta de educación cívica y sobre la estructura política de nuestro país. Eso lo constato cuando al hablar del principio de intervención mínima del Derecho Penal, los alumnos de derecho reaccionan como si planteara la más absurda de las injusticias. Cuando en las encuestas las personas consultadas sobre un trance complejo y por mayoría abrumadora afirman que es mejor condenar a un inocente que absolver a un culpable. 

 Hemos llegado a este momento coleccionado leyes como la de “Estados Antisociales” la “Ley Antiterrorista”, todo el “Derecho Penal del Enemigo” disgregado, por ejemplo, en la ley 20.000 y una serie de leyes –como hoy está de moda- con nombre de pila o apellido. Y –mientras tanto en su living- el discurso del padre frente al hijo que se le acerca para contarle que es objeto de bullying, tiende a ser: “defiéndete, golpéalo primero y más fuerte” No creo que nada cambie positivamente mientras nuestra sociedad no sea más integrada. Mientras los ricos reaccionen de manera agresiva al escuchar la manera de hablar de los pobres y viceversa. Mientras exista violencia de género y no se respete a las minorías por convicción y no por obligación. Pero si hay un lugar por el cual sería estratégico comenzar, es la sala de clases, con una exposición simple pero impactante de un diagnóstico claro. Educación para ser un ciudadano informado. Gratuita, de calidad y orientada a una convivencia sana, para todos. 

Para que, por lo menos, cada vez que comience una audiencia en el centro de justicia no se acerque una víctima al fiscal a preguntarle ¿Usted es mi abogado? 


 Roberto

17 de abril de 2012

¿No más "Bandita de Magallanes"?




No dejaron pasar la Bandita de Magallanes al partido con el Chago Morning. Pues bien, siendo el grupo más inofensivo que uno podría imaginar, (después de la delantera de Colo Colo, como diría mi colega Ernesto Vásquez) se han levantado un montón de voces alegando que los mecanismos de control policial del ingreso a los partidos de fútbol profesional deben aplicarse con sentido común.

Así, por ejemplo, Daniel Olguín, líder de la Guardia Albiceleste (barra de Magallanes), pidió que les dejen entrar bombos y lienzos al estadio a su barra, dando cuenta que ellos no son violentistas, como otras barras bravas.
¿Razonable? El Programa de Gobierno “Estadio Seguro” supone estos costos. La lógica es reproducir las estrategias que probaron ser eficaces en países como Inglaterra. Si algo debe dejarse claro entonces ahora, pues parece no estarlo, es que la idea no es sólo ser más intensivo al controlar del ingreso a los estadios: es no permitir ningún tipo de lienzo ni bengala ni bombo ni ningún otro tipo de elemento potencialmente peligroso o afín al colorido espectáculo al que estamos acostumbrados en el fútbol profesional del cono sur en nuestro continente y que, en sí, no parece abominable. Inclusive la idea es no permitir gente de pie durente los partidos. ¿Se imaginan a "Los de Abajo" SENTADOS?.No pues, la idea no es que "Los de Abajo" se porten bien, sino que no existan más. ¿Por qué? Simple: así funcionó en Europa y los ideólogos de tal transformación son radicales: si el cambio no es completo no resulta. Es la declaración de fe de Cristián Barra (su apellido no puede ser más ad hoc) el encargado de dicho programa, insisto, del gobierno.

Así entonces lo que me parece vale la pena cuestionarse ahora es (1) Por que la Intendenta, representante del propio Gobierno y autoridad competente en materias de seguridad metropolitana, reclama de los Carabineros sentido común mientras Barra afirma que “Si esto significa que finalmente no podremos ver más a la Bandita de Magallanes, bueno, tendrá que ser así el costo” (hace algunas horas a www.cooperativa.cl) (2) Estos planes obedecen a una visión que creo no se ha legitimado suficientemente y que además, como ha afirmado Soledad Alvear, no se funda en la existencia de disposiciones de jerarquía legal que permitan controles con el alcance que se ha planteado. Sobre todo, no tengo claro que estemos de acuerdo en importar una solución que ha probado ser efectiva, pero cuyo precio necesariamente será cambiar la manera como quienes lo aman han entendido el fútbol en este lugar del mundo (3) Sobre todo, si lo que se quiere es que se apliquen controles más intensos, pero con sentido común, debe tenerse en cuenta que reclamar tal “sentido común” de los operadores frente a situaciones prácticas, siempre acarrea el riesgo de actuaciones arbitrarias. Cuando entregamos a la discrecionalidad de un funcionario policial la posibilidad de decidir quién entra o no al estadio, conforme a criterios tan difusos como distinguir quienes han sido tradicionalmente los malos barristas de los que han ido correctos hinchas, el paso siguiente necesariamente será que el chascón no entra y el de camisa “Polo” sí.


Roberto

2 de abril de 2012

Más de lo mismo




En definitiva murió. El “desenlace que nadie quería” ocurrió hace unos días. Dudoso me parece el pesimismo de quienes ven en este hecho un síntoma desconcertante de una enfermedad social hasta ahora desconocida. El mal siempre ha estado ahí y sin que hayamos hecho nada al respecto es hoy menos monstruoso que antes. Pero monstruoso al fin y al cabo y viene a despertarnos de un irresponsable letargo. Es triste asignar a la muerte de un ser humano el rol de “útil para una causa socialmente valiosa” pero eso es lo que se está haciendo y si la respuesta social a golpes de electricidad tan poderosos como este alguna vez es razonable, podremos avanzar hacia una sociedad más amable. Pero dudo que así sea porque, como es habitual, el enfoque que se ha dado a las posibilidades de reacción desde las políticas públicas carece de respaldo científico y político serio.

Afirmo lo anterior porque percibo que las expectativas de transformación están puestas en un proyecto de ley pobre y desorientado, que comienza afirmando: “Las disposiciones de esta ley tienen por objeto prevenir y eliminar todas las formas de discriminación que se ejerzan contra cualquier persona.” Que las pretensiones de transformación expresen una ambición tan desmedida parece más que pueril, engañoso, porque cuando tu dices “la aspirina busca curar el mal” estás insinuando a la población que una vez que te la tomes, el problema estará solucionado.

Más allá de la cuestión semántica, y jugando dentro de mi área de competencias, una vez más se busca una solución, con el mismo entusiasmo de siempre y sin haber encontrado algún resultado positivo demostrable que avale esta tendencia, en la ley penal. Se pretende crear una agravante de responsabilidad penal aplicable a un delito (cualquiera que sea) que se cometa por una motivación discriminatoria fundada en la raza, color, origen étnico, edad, sexo, género, religión, creencia, opinión política o de otra índole, nacimiento, origen nacional, cultural o socioeconómico, idioma o lengua, estado civil, orientación sexual, enfermedad, discapacidad, estructura genética o cualquiera otra condición social o individual. En la exposición de categorías no nos quedamos cortos, ahora, si observa con atención, se trataría de la circunstancia número 21 del artículo 12 del Código Penal (que contempla las circunstancias agravantes de responsabilidad penal del régimen general) Desde el interior del sistema penal les comento a quienes no están familiarizados con él que las agravantes que en realidad se aplican con cierta habitualidad no son más de cuatro. Por otra parte, la tendencia que se refleja en el proyecto de reforma al Código Penal que duerme en el Congreso Nacional, es precisamente reducirlas por innecesarias: si la normativa penal chilena establece marcos penales (ámbitos, en algunos casos tan vastos como navegar desde los cinco años y un día hasta el presidio perpetuo) y no penas concretas, es evidente que el rol del juez es considerar estas motivaciones para aplicar una pena específica.

Pero volvamos a lo central, si lo que pretendemos es evitar expresiones de violencia o tratos vejatorios contra grupos o tipos de personas ¿una disposición de tal naturaleza nos ayudará a lograr tal objetivo? En realidad creo que nadie podría afirmar que sí lo hará y de manera determinante. Insisto: el problema no es lo poco eficaz o legítima que puede ser la solución que la ley propone. La médula del problema es que tal normativa pretende ser una solución, lo que nos insinúa que abandonemos o prestemos menos atención a posibilidades de acción pública que realmente pueden contribuir más intensamente a ser un avance efectivo. 

A mi juicio más que preocuparnos de si le damos veinte años o cadena perpetua a los asesinos de Daniel, tarea para la cual hoy el sistema penal le entrega herramientas bastante razonables a quienes se desempeñan en él, lo fundamental es centrarnos en la educación, en una educación que le muestre a las nuevas generaciones lo que fuimos capaces de hacer como el odio se ha expresado en baños de sangre inaceptable y como ellos pueden cambiar ese entorno. Respecto de ello el proyecto de ley no dice una sola palabra. Parece insinuarlo al referirse genéricamente al rol del Estado de elaborar políticas públicas tendientes a “garantizar a toda persona, sin discriminación alguna, el pleno, efectivo e igualitario goce y ejercicio de sus derechos y libertades” Pues bien, eso la Constitución ya lo decía y parece ser que no ha existido énfasis suficiente, como sea, y al igual que la nueva “acción especial” que viene a duplicar la fórmula de otras antes existentes, hacer más de lo mismo nunca ha sido solución a nada. Un síntoma claro de que el déficit en tal sentido cubre un campo tan amplio como China, es que las discusiones públicas centradas en técnica legislativa y el texto del proyecto de ley son más que mínimas marginales, que es muy difícil poder acceder, aún el la página web del Congreso Nacional a la versión actualizada del proyecto de ley, mientras en el debate público parece haber cierto consenso progresista definido en términos casi totalitarios: “si repudias la discriminación arbitraria y el asesinato de Daniel, debes apoyar el proyecto de ley” O estás con nosotros o estás contra nosotros. Esta vez amigos no cuenten conmigo.

Si nos preocupamos más de cómo castigar que de cómo enseñar, no cabe duda de que se engendrará más violencia. Ese ciclo si que es archiconocido.




Roberto.

17 de enero de 2012

Sobre Inés Pérez Concha y las Nanas de Chicureo.



La mayoría de los comentarios en la web, redes sociales y en las conversaciones de pasillo apuntan básicamente a dos cuestiones. Primero, la Inés Pérez Concha está bien rica. Sobre lo evidente no comentamos. En segundo lugar lo profundamente “discriminatoria” e “ignorante” que ella es.

Vamos por partes, los particulares pueden discriminar, aun arbitraria y groseramente, en su vida privada y es parte de la esencia de una sociedad libre y democrática que así sea. Así en mi casa tengo derecho a admitir a quien quiera, poniendo las condiciones que quiera y expresándolo de la manera que quiera. Así estoy pensando seriamente en decirle al conserje que le diga a todos los que lleguen con camisa “Polo” que ellos no entran a mi departamento. Con eso no quiero decir que tales planteamientos sean prudentes ni que estemos obligados a aplaudirlos, sino que existe un límite a las posibilidades de imposición de las políticas tendientes a evitar la discriminación y a promover la igualdad.

Sin embargo las relaciones laborales no son parte del área estrictamente privada. Tampoco es absolutamente claro que la convivencia en las áreas comunes de un condominio lo sea. Por lo mismo es más que sensato que en esos ámbitos existan normas que impidan discriminar de manera arbitraria. A Inés Pérez tal razonamiento le parece discutible y así lo ha expresado. ¿Tiene derecho a hacerlo? Obvio que sí. Pero la manera como lo ha hecho revela una posición sobre las relaciones sociales profundamente cruel y arraigada hasta el tuétano de la clase social dominante: “Ustedes son distintos y peores a nosotros. Peligrosos. Y por eso nos asustan y sólo nos acercaremos a ustedes bajo nuestras condiciones”

Entonces, con la misma lógica que defiendo a muerte, creo más que juicioso altamente conveniente no dejar pasar la oportunidad de manifestarlo, en todos los tonos: Quienes pensamos distinto y creemos fervientemente que las “nanas” no son seres de segunda clase, tampoco los obreros de la construcción, los trabajadores sexuales y ni siquiera los abogados, tenemos que ganar espacios para difundir esas ideas. Tenemos que expresarlo fuerte y claro. También las consecuencias que tales divisiones sociales traen a nuestra convivencia. Partiendo por la delincuencia que es el corolario de una sociedad segregada donde la frustración y la opulencia están una a un paso de la otra. Para, en definitiva, convencer a los tibios y a los indiferentes de cambiar el orden de las cosas.

Finalmente no puedo dejar de reconocer la osadía que tuvo, si bien puede ser sólo torpeza, al decir las cosas como realmente las piensa. El debate político nacional se ha hecho realmente inabordable con todos los actores simulando posturas políticamente correctas y ocultando sus intenciones e intereses de clase, que se expresan sólo a la hora de definir la letra chica de nuestras normas con el sentido y alcance en realidad pretenden.

Hacen falta más Pérez Concha que realmente digan lo que piensan como lo piensan. Para que así nos permitan mandarlos a la mierda y transparentar lo que realmente somos y queremos.


Roberto

20 de agosto de 2011

Así es la cosa... y si no te gusta, te bajas de inmediato!




El jueves pagué la última cuota de un crédito de consumo, que me acompaño casi por diez años. La necesidad de dinero cuando lo contraté no era tal. Sí, como muchos, lo quería para comprar cosas que en realidad no necesitaba. Y luego me vi en dificultades para pagarlo y tuve que repactar. Y luego volver a repactar y me hicieron arar con intereses. Definitivamente el modelo neoliberal no tiene la culpa de que yo sea un estúpido, pero sí de que lo seamos yo y varios cientos de millones más, presionándonos a crear cosas, construir objetos y generar servicios, la mayoría de dudoso valor y utilidad, hasta que nos convencemos de manera muy poco natural que lo tienen. De ahí a que estas se conviertan en señal de status y victoria, hay un paso; de ahí a que los que pueden las acumulen, otro. Pero el paso decisivo se produce cuando los que no pueden tenerlos se deprimen y envidian. Se endeudan, se alienan. El punto de partida de marginación y la violencia.

Es un problema casi marginal si viviéramos en una sociedad en que nos diéramos el gusto de disfrutar de Plasmas, Nintendos Wii, chaquetas ”The North Face” y 4X4s, todos por igual. O casi por igual. Digamos superficialidad vana bien distribuida no mata. Y si no está de acuerdo, el foro de discusión es otro, en que me de un tiempo para revisar mis textos de Habermass, Russel, Marx e incluso la Biblia.

Pero vivimos en Chile y todos podemos presenciar un entorno de marchas, cacerolazos y reclamos intenso. Excitante. ¿Por qué? Porque es una realidad en que la diferencia entre el que vive en el mundo del 4x4 y the North Face, y el chico limítrofe al que tengo en internación provisoria por robo con intimidación es sideral. Diferencias de esas que sobrecogen y no se ven en otras latitudes: En Somalía todos se están muriendo en la miseria, en Noruega todos viven al borde del suicidio con su riqueza (porque no hacen asados los domingos con sus amigos, porque no se besan, porque no se ríen)

A lo que voy, aunque así lo parezca y así se debata, el problema no es tan solo la Educación. Es el modelo. Y lo es, porque mis apreciaciones no son compartidas. Porque a muchos les gusta esta forma de vivir la vida loca. Por eso, porque algunos luchan por defenderlo (los que lo gozan) y otros por sabotearlo (los que lo sufren) es un real problema. Y no quiero engañar a nadie y menos a mi mismo, la reproducción de privilegios que el modelo educativo de nuestro país ha construido tiene muy felices a algunos, por eso será difícil buscar un consenso PORQUE NO TODOS ESTAMOS DE ACUERDO EN LO QUE QUEREMOS. Porque si mis hijos están sacando partido de las distorsiones, me hago el gil y trato de apuntar en otra dirección. ¿Es posible que muchos renuncien a sus privilegios para lograr un acuerdo? ¿Es factible que muchos se conformen con desigualdades esenciales para llegar a un consenso? Difícil.

Difícil porque tener un plasma, un 4X4, joyas y libros Anagrama (para que no me vean apaleando solo al resto) no vale absolutamente nada si el que vive en una comuna en el otro extremo de la capital lo tiene también, o, si se quiere, no tiene ningún sentido tenerlos si con eso no le demuestro a nadie que yo gané.

Porque todos queremos ganar ¿no?


Roberto

20 de diciembre de 2010

¿Y el monitoreo electrónico cuándo?


Sebastián Edwards, destacado economista y novelista de thrillers policiales lo ha planteado recientemente al diario que miente en términos categóricos: “A la brevedad”. Pero ya antes sistemas consistentes en brazaletes un otros dispositivos instalados de manera permanente en el cuerpo de los sujetos privados de libertad se han propuesto, en innumerables ocasiones, como alternativa a la prisión preventiva (esto es como medida cautelar para evitar sobre todo el peligro de fuga durante el transcurso de la investigación, pero también para resguardar la seguridad de las víctimas) o al cumplimiento de penas de cárcel.

La experiencia internacional ha demostrado muchas ventajas de su empleo. Tanto en Estados Unidos, desde la década de los ’80 como en Europa, en los ’90, han permitido descongestionar el sistema carcelario y abaratar costos: el precio de los dispositivos, de su implementación y el de las centrales de monitoreo es inferior al gasto en que se incurre en mantener, alimentar y vigilar (aún subhumanamente, como hemos podido apreciar en nuestras cárceles) a los presos. También evita que el Estado deba hacerse cargo, como hoy es inminente, de millonarias indemnizaciones por falta de servicio en casos en que internos mueren o resultan heridos dado el hacinamiento y las condiciones miserables en que se encuentran recluidos. Agreguemos a eso el valor de permitir a los imputados y condenados desempeñar actividades legítimas, fomentándose de esta manera la tan ansiada (por lo menos en el discurso políticamente correcto) resocialización.

La pregunta obvia entonces, es por qué no se ha hecho antes. Evidentemente una transformación de tal envergadura requiere modificaciones concretas de los textos legales vigentes: todas las penas y medidas cautelares son de derecho estricto y no pueden existir ni aplicarse otras diversas a las que la ley contempla expresamente. Parece razonable, de otra manera nos exponemos que algún colega imaginativo solicite que algún imputado sea amarrado a un árbol durante el curso de la investigación. Entonces, nos encontramos como es habitual, con una cuestión de voluntad política, que, como sabemos, en la cruda realidad siempre estará motivada por el paladar social en el momento concreto. Hasta hace no mucho tiempo, el tema carecía de toda prioridad en el contexto de una sociedad convencida de vivir en peligro clamando por el encarcelamiento de los delincuentes

Después del incendio en la cárcel de San Miguel, aparentemente nuestra sociedad se ha sensibilizado con la situación de los presos. Me parece entonces razonable fomentar un debate serio que se haga cargo de todos los argumentos, no sólo aquellos que favorecen la implementación de medidas como las que comento, sino también aquellos que se oponen a las mismas. Hasta nuestros días la discusión sobre los fines de la pena estatal no se encuentra zanjada y por lo mismo supongo que algunos defenderán, con mayor o menor altura de miras, visiones retribucioncitas (que ya Kant haciendo pie en la libertad esencial del ser humano, a quién no podemos usar como un medio para fines ajenos a su persona, identificaba de manera intelectualmente sólida en el castigo penal) y prevencionistas: ¿intimidará una pena cuyo cumplimiento consiste en llevar una vida normal con un collarcito? Cada uno tendrá sus respuestas y estaremos de acuerdo en que habrá que hacer distinciones en atención a la gravedad del delito y, sobre todo, considerar si estamos en presencia de un sujeto investigado, aún amparado por la presunción de inocencia, o de un condenado, de cuya culpabilidad no caben dudas.

En mi experiencia docente, cada vez que he tratado el tema en el aula, los estudiantes demuestran particular interés en el tema y bastante simpatía por estos dispositivos. Me gustaría que nuestra población se informara y tuviera opinión al respecto, que se efectuaran estudios de costos, efectos e incentivos en nuestro medio y en ese entorno una decisión definitiva se implementara legitimándose en un debate serio, propio de los jaguares que decimos ser.

Esa es la invitación que les dejo a todos.



Roberto

8 de diciembre de 2010

Incendio en la Base de Nuestra Sociedad



Entendemos por "Dignidad Humana" una cualidad de toda persona que la hace valiosa en sí misma, por el sólo hecho de ser tal, sin importar su edad, sexo, preferencias políticas (tampoco futbolísticas, aunque me duela reconocerlo) ni condición social. Y, evidentemente no depende de lo que hayamos hecho ni de lo que pretendamos hacer. Tras la Segunda Guerra Mundial, y el apogeo de los totalitarismos, llenarse la boca con esas palabras tan sonoras se transformó en una moda. La Constitución del ochenta fue instalada, al menos nominalmente, sobre ese pilar. Guzmán, Ortúzar, Evans y Cía. insistieron hasta el cansancio en ello, y la oposición de la época se aburrió de cuestionar el doble estándar.

Lo que pasó después es una historia triste y conocida, después de la cual asumir que las lecciones se habían aprendido parecía razonable. ¿Lo es? ¿Nuestro pueblo piensa hoy que la persona es valiosa en sí misma?

Hoy murieron más de ochenta personas que tras quebrantar el contrato social cumplían las reglas del juego: "el que la hace la paga". La medida del pago la determina el Estado quién se hace cargo también de controlarlo. ¿Podríamos vivir tranquilos si no fuera así? Confiamos en la institucionalidad que hemos creado, de la cual todos en mayor o menor medida somos responsables.

Pues bien, el Estado no cumplió su parte (digo el Estado, no sólo el Gobierno, porque el panorama penitenciario se ha mantenido casi invariable por mucho tiempo) y todos sabíamos que no lo estaba haciendo. Digo todos, porque muchos programas estelares de TV dieron cuenta más de una vez de las condiciones infrahumanas de las cárceles (y San Miguel no era precisamente la peor de todas) con altísimo rating. ¿Alguien planteó seriamente entonces que esa realidad, más que un problema de delincuentes, es un cuestionamiento severo a lo que afirmamos es el fundamento de todas nuestras normas? Sólo voces que se llevó el viento. Siempre nos preocupó la otra cara de la medalla: Que los delincuentes estuvieran en su lugar.

Ahora muchos se lamentan. Algunos son lo suficientemente consecuentes para no hacerlo. Pero nuestras autoridades nunca tuvieron el valor para levantar un discurso contra mayoritario que recordara que los presos son seres humanos y jugársela porque sus condiciones de vida fueran las escritas en las "reglas del juego": privación de libertad, nada más (ni menos) que eso.

El relato, por otra parte, se está distorsionando de manera grosera. ¡Que pena que hayan sido primerizos! Si hubiesen sido homicidas y violadores reincidentes, violadores institucionales de Derechos Humanos, para quienes hasta el momento no hemos inventado otra solución mejor que la cárcel, ¿es legitimo despreocuparse, y dejarlos morir miserablemente? Sé que, pese a que lo nieguen, la mayoría estaría conforme. Algunos incluso felices. Sabemos que la esperanza de vida tras las rejas es considerablemente menor en Chile, pero todo tiene un límite. De lo contrario no nos estamos tomando en serio la famosísima "Dignidad Humana" y la condicionamos proporcionalmente al comportamiento del sujeto.

El día que no aceptemos un tratamiento como el que terminó con la vida de 81 personas, sean delincuentes, ingenieros, curas, empresarios, magos, travestis o fiscales, creo que estaremos en condiciones de comenzar todo de nuevo.


Roberto.

1 de marzo de 2010

Terremoto


“Chile es un país, en que, periódicamente tras un par de años, todo se viene abajo como consecuencia de un terremoto, por eso no tiene patrimonio cultural”. Recuerdo que un locutor leía este comentario de un medio extranjero y mientras lo leía su tono de voz cambiaba denotando una profunda tristeza y molestia.

Deberíamos estar acostumbrados, y en parte lo estamos, la prueba es que, en general, las reacciones de los chilenos son muy distintas a las de los extranjeros provenientes de países sin tradición sísmica, nuestras construcciones en general, reaccionan bien. Pero lo que es incuestionable, y en eso me quiero centrar, es que es palmaria la manera como hechos límite, como un terremoto, sacan a la luz lo mejor y lo peor de nosotros, reforzando una idea que vengo defendiendo hace mucho tiempo: No existen buenos y malos, sólo seres humanos.

He visto por medios digitales, TV, radio, etc. Varias situaciones extremas que merecen un cometario:

Los saqueos: Evidentemente, de los que se pelaban plasmas y otros artículos habitualmente denominados suntuarios de los supermercados, como hordas de bárbaros saqueadores, no todos tenían antecedentes penales por hurto, muchos de ellos jamás soñaron que se llevarían cosas sin pagar, y varios en una decisión final flash, junto a los tarros de leche y cobertores, se llevaron un par de zapatillas o aros. ¿Son entonces santos los que sólo se llevaron artículos de primera necesitad? En definitiva no las pagaron, la ley condena su conducta y jamás se planteó seriamente la posibilidad de desabastecimiento. Ni buenos ni malos, todos humanos.

La disposición a la destrucción: Arrancar o no arrancar, buen dilema. Más bien la manera arrancar, algunas personas cercanas (de hecho muy cercanas) estaban durante el terremoto en fiestas, casinos y lugares con aglomeraciones varias. Muchos de ellos arrancaron sin esperar nada ni por nadie. A todo cachete. Pese a las instrucciones del personal de seguridad o los que asumían tal rol. Si todos hubieran actuado así, seguramente el número de víctimas hubiera sido bastante mayor, ¿Son esos corredores de velocidad intrínsecamente irresponsables? En otro caso que me tocó bastante de cerca por que lo tuve en audiencia el domingo un sujeto defendía sus ruinas en el centro antiguo de la comuna de Santiago, no sólo de eventuales saqueadores, o los que tuvieran cara de “patos malos”, con una escopeta, supongo que varios hemos visto situaciones similares, pero en este caso había un matiz adicional: Amenazaba con disparar también a los medios de comunicación que pretendían filmarlo. ¿Por qué? Pudor supongo ¿Cómo calificamos éticamente tal conducta? ¿Qué si se le arranca un balazo? Ojo, ya habían pasado más de veinticuatro horas después del terremoto y el tipo estaba síquicamente sano.

Los prófugos: Los que menos le importan a la sociedad, presos que aprovecharon que se vino abajo una pared para arrancar: Díganme sinceramente ¿Ustedes no hubieran hecho lo mismo? Ahora, ¿por qué los gendarmes no dispararon a las piernas? ¿Falta de rapidez de decisión? ¿Error humano? ¿Maldad esencial? Habría que preguntarles a ellos, pero recordemos que en general son funcionarios públicos que ganan en torno al límite de supervivencia y que no se iban a ganar una medalla por cada muerto.

Nosotros y los otros: Una de las cuestiones más complejas a mi juicio de evaluar es nuestra actitud frente a situaciones límites en situaciones que hay que optar: Sobre todo tratándose de familiares, ¿Dejaría usted de ayudar a una persona que se desangra, que no conoce, por obtener noticias de un hermano, primo o amigo que quizás esté en un edificio que se está derrumbando en frente de sus narices? ¿O quizás ya arrancó? Difícil, lo que tengo claro es que ninguna de las opciones que se adopte en definitiva debería ser cuestionada.

Lo material y lo espiritual: ¿Por qué en definitiva parece que perder todo, una parte o algunos bienes es absolutamente secundario de cara a resultar vivo e indemne físicamente? ¿Es que dejamos de ser materialistas, como todos lo somos brutalmente en circunstancias habituales, en estos casos?. Por otra parte personas que tienen una tradición de conductas egoístas, que no sueltan un cinco ni para la Teletón, terminan entregando más de lo que hubieran esperado en campañas solidarias ¿nuca antes fueron buenas personas y lo son ahora?

Creo que pensar que se trata de comportamientos alterados, inimputables e irracionales, es un error, cada vez estoy más convencido que es en estas circunstancias en que nos damos cuenta de lo que somos: Todos humanos, todos frágiles. Evidentemente unos más que otros, pero nadie es dios y todos, por saqueador, despreocupado y egoísta que sea, son capaces de evidenciar algo de afecto.
Roberto